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Los momentos clave del libro, en orden, una imagen a la vez.

Ester 1:10-12
El gran banquete de Susa
En la ciudad de Susa, en el corazón del inmenso imperio persa, reinaba el rey Jerjes. Su reino se extendía desde la India hasta Etiopía. Para mostrar su riqueza organizó una fiesta desmedida: seis meses exhibiendo sus tesoros, y luego siete días de banquete en los jardines del palacio. El vino corría en copas de oro, todas distintas.
El séptimo día, algo bebido, el rey mandó llamar a la reina Vasti para mostrar su belleza a los invitados. Pero Vasti se negó a venir. Humillado delante de todos, el rey montó en cólera. Por consejo de sus ministros la repudió y decidió buscar una nueva reina.

Ester 2:7-11
La huérfana del palacio
En Susa vivía un judío llamado Mardoqueo. Había acogido a su joven prima Hadasa, llamada Ester, tras la muerte de sus padres, y la había criado como a su propia hija.
Cuando los enviados del rey reunieron a las jóvenes más hermosas del reino, Ester fue llevada al palacio. Antes de que partiera, Mardoqueo le hizo una recomendación: «No digas a nadie que eres judía». Ester obedeció. Durante un año recibió tratamientos de belleza, perfumes, mirra. Cada día Mardoqueo pasaba ante el patio de las mujeres para saber de ella.

Ester 2:17
La corona
Cuando llegó el turno de Ester de presentarse ante el rey, no pidió nada especial, solo lo que le aconsejó el eunuco Hegai. El rey la vio, y le agradó más que todas las demás. Puso la corona real sobre su cabeza y dio un gran banquete en su honor.
La pequeña huérfana se había vuelto reina de Persia. Y nadie sabía de dónde venía.

Ester 2:21-23
El complot en la puerta
Mardoqueo solía sentarse a la puerta del palacio. Un día sorprendió a dos guardias, Bigtán y Teres, que conspiraban para matar al rey. Avisó enseguida a Ester, y ella advirtió al rey de parte de Mardoqueo. Se comprobó el asunto, los dos traidores fueron ejecutados, y la historia quedó escrita en las crónicas reales.
Después todos lo olvidaron.

Ester 3:2-11
Amán y las suertes
El rey elevó por encima de todos sus ministros a un hombre llamado Amán. Desde entonces todos los servidores del palacio debían postrarse a su paso. Todos, salvo uno: Mardoqueo.
Amán hervía de rabia. Pero castigar a un solo hombre no le bastaba. Cuando supo que Mardoqueo era judío, decidió hacer desaparecer a todo su pueblo. Mandó echar suertes, el «pur», para elegir el día de la matanza: el trece del mes de Adar. Luego fue al rey, le habló de un pueblo «diferente» que no respetaba sus leyes, y hasta ofreció plata para el tesoro. El rey, sin pensarlo, le tendió su anillo real: «Haz lo que quieras».
El decreto salió a todas las provincias. El rey y Amán se sentaron a beber. En la ciudad había consternación.

Ester 4:1-16
Para un tiempo como este
Cuando Mardoqueo supo la noticia, rasgó sus vestiduras, se cubrió de saco y ceniza, y clamó por las calles. Ester, inquieta, envió a un servidor a averiguar qué ocurría. Mardoqueo le hizo llegar una copia del decreto y le suplicó que fuera al rey.
Pero Ester tenía miedo. Nadie podía entrar ante el rey sin ser llamado, so pena de muerte, a menos que él extendiera su cetro de oro. Y él no la había llamado en un mes.
Mardoqueo le respondió: «No creas que te salvarás por vivir en el palacio. ¿Y quién sabe si no es justamente para un momento como este que has llegado a ser reina?»
Ester lo pensó y envió su respuesta: «Reúne a todos los judíos de Susa. Ayunad por mí tres días. Yo también ayunaré. Después iré al rey. Y si he de morir, moriré».

Ester 5:2
El cetro de oro
Al tercer día Ester se vistió con sus ropas reales y entró en el gran patio, frente a la sala del trono. Un silencio. El rey alzó los ojos, y extendió hacia ella su cetro de oro. Ester se acercó y tocó su extremo.
«¿Qué quieres, reina Ester? Hasta la mitad de mi reino te daré».
Pero Ester no pidió nada de eso. Simplemente invitó al rey y a Amán a un banquete. Durante la comida el rey insistió de nuevo. Ella sonrió y respondió: «Volved mañana, a otro banquete. Entonces os diré lo que deseo».

Ester 6:10-11
La noche sin sueño
Amán volvió a casa encantado: ¡invitado dos veces por la reina! Pero al pasar la puerta vio a Mardoqueo, que una vez más no se levantó. Su mujer Zeres le aconsejó mandar levantar una horca enorme y pedir al rey, por la mañana, que colgara allí a Mardoqueo. A Amán le pareció una idea excelente.
Aquella noche el rey no lograba dormir. Se hizo leer las crónicas del reino y dio con la historia del complot que Mardoqueo había frustrado. «¿Qué recompensa recibió?» Ninguna.
Justo entonces Amán entró en el patio para hablar de su horca. El rey le preguntó: «¿Qué hay que hacer por un hombre a quien el rey quiere honrar?» Amán, convencido de que hablaba de él, respondió que le pusieran las vestiduras del rey, que lo montaran en el caballo del rey, y que un gran ministro lo paseara por la ciudad gritando: así se hace con el hombre a quien el rey quiere honrar. «Perfecto, dijo el rey. Ve y hazlo con Mardoqueo».

Ester 7:3-6
El segundo banquete
Amán apenas tuvo tiempo de llegar a casa, cabizbajo, cuando los servidores del rey vinieron a buscarlo para el banquete de Ester.
El rey preguntó una vez más qué deseaba. Esta vez Ester habló: «Si he hallado gracia a tus ojos, déjame la vida, a mí y a mi pueblo. Porque hemos sido vendidos para ser exterminados». «¿Quién se ha atrevido a algo así?», preguntó el rey. «El enemigo es Amán, este malvado que está aquí».
El rey se levantó furioso y salió al jardín. Amán, aterrado, se echó sobre el diván de Ester para suplicarle. Cuando el rey volvió y lo vio así, su ira se redobló. Un servidor le hizo notar que una horca de cincuenta codos ya esperaba en casa de Amán. «Colgadlo en ella», ordenó el rey.

Ester 8:15
El día que se invirtió
Quedaba un problema: un decreto del rey de Persia no podía anularse nunca. Ester se echó llorando a los pies del rey. El rey entregó entonces su anillo a Mardoqueo, que escribió un nuevo decreto: el trece de Adar, los judíos tendrían derecho a reunirse y defenderse.
Mardoqueo salió del palacio vestido de azul y blanco, con una corona de oro en la cabeza. En la ciudad de Susa hubo gritos de alegría. Y el día que debía ser el de su perdición se volvió el de su liberación.

Ester 9:20-22
La fiesta de Purim
Para no olvidarlo jamás, Mardoqueo y Ester establecieron una fiesta, cada año, en el mes de Adar. La llamaron Purim, de la palabra «pur», las suertes que Amán había echado. Ese día se come, se celebra, se envían platos unos a otros y se da a los pobres.
Y a través de los siglos aún se cuenta la historia de la pequeña huérfana que, en el momento justo, se atrevió a entrar ante el rey.














